Diario de Viaje por Japón | Día 6: Del castillo de Matsumoto a los Alpes Japoneses. Takayama, entre expectativas y realidad.
No madrugamos, cosa que se agradece: llevamos varios días de palizón en esta ruta por Japón.
Bajo con pijama a desayunar, es de esos buffets de hotel que no son extensos pero tienen todo lo justo: croissant, bollería, huevo, café con leche, mermeladas, mantequillas y varios platos típicos japoneses. Desayunamos como si no existiera un mañana, ni en tiempo ni cantidad y por solo 4 € cada uno.

Con todo listo, hicimos el check-out y dejamos las mochilas en la recepción para recorrer el castillo sin bultos. Teníamos el autobús a Takayama a las 11:55h, tiempo suficiente para ver el Castillo y llegar a la estación sin prisas —las agujetas de la subida al Fuji todavía se sentían, así que caminar rápido no era una opción.
El autobús de Matsumoto a Takayama nos costó 35,56 € para dos personas; lo reservamos directamente en Highwaybus.com. En cuanto haces la compra, te llega el ticket automáticamente. Creo que no es tan difícil ir de Matsumoto a Takayama por cuenta propia —hay varios buses al día—, pero por prevenir, conviene reservar con tiempo: la disponibilidad se abre un mes antes.
Un castillo que enamora.
Salimos a la visita del castillo, también conocido como el «Castillo del Cuervo» (Karasu-jō), por su característico color negro. Tras unos 5 minutos ya estábamos en los jardines exteriores, que son gratuitos y preciosos.

El Castillo de Matsumoto es uno de los pocos castillos originales de madera de Japón —no reconstruido, sino conservado y restaurado—. Forma parte del grupo de castillos declarados Tesoro Nacional, junto a Himeji, Hikone, Inuyama y Matsue. Estuvo a punto de ser demolido a finales del siglo XIX durante la modernización Meiji, cuando castillos y samuráis quedaron «obsoletos», y fue salvado por los propios vecinos de la ciudad, que lo pusieron en valor.

Es increíble toda la edificación en sí —hay que entrar descalzos, así que caminas sobre la madera del interior con esa mezcla de respeto y cosquillas en los pies que dan los suelos antiguos. Pero lo que más me sorprendió fueron los jardines: una pasada, me recordaron mucho a la Casa de la Cascada.

🔎 Un detalle que casi se pasa por alto: fíjate en el techo de la última planta, la sexta. Entre las vigas hay un pequeño altar dedicado a Nijuroku-ya-shin, la diosa de la noche 26. Cuenta la leyenda que en 1618 se le apareció a un vigilante del castillo y prometió protegerlo del fuego y de los enemigos si le ofrecían arroz cada noche 26 de mes. Dicen que por eso el castillo nunca ha sufrido un incendio grave.

Recuerda: el Castillo se visita descalzo, te dan una bolsa en la entrada para que los guardes ahí y los lleves contigo durante toda la visita.


💡Tip viajero de Gaviotaporelmundo
La entrada al Castillo en el 2026 cuesta 1.200 yenes online o 1.300 en taquilla. El castillo abre de 8:30 a 18:00; en las festividades de Obon y la Golden Week cierran una hora más tarde. Permanece cerrado los días 29 y 31 de diciembre.
Camino a los Alpes Japoneses.
Con el asombro del castillo todavía fresco, volvimos al hotel a recoger las mochilas que habíamos dejado en recepción y fuimos directamente a la estación. Nos íbamos hacia los Alpes Japoneses, concretamente a Takayama. Antes de tomar el bus, en el centro comercial que estaba justo encima de la propia estación de autobuses descubrí Book-Off Super Bazaar, una de esas tiendas de segunda mano o nuevas donde puedes pasar horas rebuscando, con precios que sorprenden: salí con un vestido y una camiseta para Miguel, los dos juntos por solo 9 €.

Tengo que reconocer que los Alpes Japoneses son una zona con la que me quedé con ganas desde la propia preparación del viaje. Quería recorrer algunos senderos más, pero por tiempo —y por no saber cómo se nos iba a dar el Fuji— no los metimos en el recorrido. Además, es una zona que en invierno tiene unos paisajes increíbles, tocará volver.
Cuando las comparaciones no ayudan.
En Takayama dormíamos en un ryokan, un alojamiento tradicional. La verdad es que, después del anfitrión y el alojamiento del Fuji, las expectativas estaban altas y no se cumplieron. Las comparaciones son malas, pero seguimos siendo seres humanos.
La relación calidad-precio del sitio no fue la esperada, y además la casa no estaba tan limpia. El ryokan nos costó 70 € la noche y no incluía nada.


Nada más salir a la calle, lo primero que noté es que hasta llegar a Takayama no había visto tantos extranjeros juntos como aquí. El centro histórico, donde están las callejuelas con encanto, concentra la mayoría de ese turismo, así que es recomendable visitarlo al atardecer o bien temprano si quieres tomar fotos sin agobios.
Los comercios cierran temprano, sobre las 18:00, algo a tener en cuenta para organizar las visitas, la cata de sake o la compra de souvenirs.
Antes que cerraran los comercios hicimos la cata comercial en Harada Sake Brewery, una destilería pequeña con las telas azules típicas (noren) colgando en la entrada, con «Sansha» escrito en grande: es el nombre de la marca de sake que ellos mismos fabrican ahí dentro. La cata cuesta 2 € y te llevas la taza de recuerdo, pero no esperes que te lo pongan fácil: no hay nadie explicándote nada, tienes que leer tú mismo en unas pantallas qué tipo de sake es cada uno, mientras la gente se va amontonando delante de las vitrinas intentando decidir cuál probar. No fue una experiencia especialmente agradable en sí misma, la verdad, pero mereció la pena solo por poder distinguir de un trago varios sakes que, de otra forma, nos habrían sabido todos igual. Aunque por mi cara ya te percatas que el sake no es mi bebida favorita.



Es increíble como apenas te alejas un par de calles de esa zona y de la masificación, todo cambia por completo. Los templos se convierten en un remanso de paz casi vacío, y lo mejor es que la gran mayoría son gratis. Paramos en varios sin prisa —Hachimammachi, el templo Soo-in, el templo Daiou-ji y el santuario Higashiyama Hakusan— y en ninguno había ni rastro del gentío que acabábamos de dejar atrás.



Volvimos al centro para cenar, tenía anotado cenar en Hidagyu Maruaki un restaurante especializado en carne de Hida, y allá fuimos. Al llegar cerca de las 19:30, ya estaba cerrado por aforo completo —algo muy común en Japón fuera de las grandes ciudades. Nos fuimos a buscarnos la vida y terminamos cenando en el Restaurante Suzuya, muy buena relación calidad-precio. Al final terminamos haciendo lo de siempre y lo que mejor nos ha funcionando hasta ahora, callejear y el sitio que vemos y el precio se adaptaba a nosotros ahí nos quedamos.

Un onsen pequeño para cerrar el día.
Tocaba relajarse en el onsen del alojamiento, este más pequeño que el de Matsumoto, pero perfecto para irte a la cama. Miguel, que lleva tatuajes, no tuvo ningún problema para entrar, en el hostel todos éramos extranjeros.

Después de un día que empezó con la belleza tranquila del castillo y pasó por la decepción del ryokan y un restaurante cerrado, terminamos igual que casi todos los días de este viaje: con el cuerpo cansado, el agua caliente haciendo su trabajo, y ganas de dormir.

Gracias por seguir la ruta con nosotros.

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